Si hay algo característico del ser humano es su camino de evolución interior. Vivimos un mito interno, una odisea que dibujamos con nuestros pasos. Desde niño, las fases evolutivas van sucediéndose unas a otras con una velocidad, desde el punto de vista psico-fisiológico, vertiginosa. Cada una de ellas representa un estado evolutivo mayor, un estado que engloba y transciende al anterior.
El niño accede a una realidad más amplia de consciencia cuando es capaz de ponerse en el lugar del otro. Puede percibir la tristeza o la alegría de sus hermanos o papas dentro de sí. En él, una vez más, se ha producido el milagro de la vida, ha dado un paso definitivo, que le hace ir más allá de su propia individualidad instintiva. El adolescente quiebra las viejas estructuras aprendidas y comienza una asombrosa revolución interior, que se perpetuará en una juventud plagada de nuevas ideas que servirán como una chispa en el fuego que impulsa la evolución de la sociedad.
Es habitual ver en los ojos de los niños y adolescentes destellos de vitalidad, un brillo que refleja un interior colmado de energía, un sano deseo de seguir viviendo y de experimentar hasta las últimas consecuencias, la vida.











